Observatorio El SaaStre · Automatización

Si tu equipo hace cada día tareas que un sistema podría hacer solo, estás pagando talento para hacer trabajo mecánico.

Hay trabajos que necesitan experiencia, intuición, conocimiento del cliente, capacidad para negociar o simplemente sentido común.

Y hay otros que consisten en abrir un correo, copiar un dato, introducirlo en un programa, comprobar una condición, cambiar un estado, generar un documento, avisar a alguien y volver a empezar.

Los dos pueden estar ocupando el tiempo de la misma persona.

Pero no tienen el mismo valor.

Tu equipo debería intervenir cuando hace falta criterio, no para que un proceso siga avanzando.


Automatizar tareas administrativas no significa sustituir personas.

Significa dejar de utilizar personas para hacer aquello que un sistema puede ejecutar perfectamente siguiendo unas reglas.

Una persona debería decidir si acepta una condición comercial especial. No debería tener que copiar los datos del cliente de un programa a otro antes de poder hacerlo.

Debería resolver una incidencia complicada. No dedicar parte de la mañana a comprobar qué pedidos continúan pendientes para enviar siempre el mismo aviso.

Debería analizar un informe. No invertir dos horas en construirlo descargando información de tres herramientas diferentes.

La automatización no consiste en quitar a la persona del proceso. Consiste en conseguir que la persona aparezca exactamente donde aporta algo que la tecnología no puede aportar por ella.


El trabajo manual se vuelve invisible porque ocurre cinco minutos cada vez.

Pocas empresas tienen una tarea llamada “perder dos horas copiando datos”.

Lo que tienen son muchas acciones pequeñas repartidas durante toda la jornada.

Cinco minutos para registrar algo que ha llegado por correo. Diez para actualizar una hoja. Otros diez para comprobar un estado. Quince para preparar un documento. Una llamada porque alguien todavía no ha respondido. Un informe que hay que volver a montar el viernes siguiente.

Cada acción parece demasiado pequeña para convertirse en un problema.

El problema aparece cuando se repite cien veces.

Por eso las tareas repetitivas son uno de los lugares naturales donde empezar a buscar automatizaciones: cuando los pasos están claramente definidos y se ejecutan de manera recurrente, el software puede asumir buena parte del trabajo mecánico. Microsoft utiliza precisamente repetición, reglas claras, entrada manual de datos y propensión al error como criterios para identificar buenos candidatos a automatización.


Si una persona tiene que mover un dato para que el proceso continúe, hay algo que estudiar.

Un pedido entra por una vía y alguien lo registra en otra aplicación. Un formulario genera una solicitud y una persona crea manualmente la ficha correspondiente. Comercial cierra una oportunidad y Administración vuelve a introducir la información necesaria para facturar.

El dato ya existía.

La persona no está creando información nueva ni tomando una decisión sobre ella. Está haciendo de transportista entre dos puntos de un proceso.

Ese tipo de trabajo merece una pregunta muy sencilla:

¿Por qué no ha viajado el dato solo?

A veces existe una buena razón. Otras veces simplemente hemos construido la operativa así porque las herramientas nunca estuvieron conectadas.

Y cuando una excepción se convierte en la forma habitual de trabajar, dejamos incluso de verla como una excepción.


Automatizar no es hacer clic más rápido.

Puedes digitalizar una tarea y seguir teniendo exactamente el mismo problema.

Pasar de rellenar un papel a rellenar un formulario no significa necesariamente haber automatizado el proceso. Tampoco lo significa sustituir un Excel por otra aplicación si después alguien continúa copiando la información, comprobándola y avisando manualmente al siguiente responsable.

Una automatización real ocurre cuando una parte del proceso deja de necesitar intervención humana porque el sistema ya sabe qué debe hacer.

Recibe la información, aplica las reglas correspondientes, actualiza lo que tenga que actualizar, genera aquello que sea necesario y únicamente reclama atención cuando aparece una decisión, una excepción o un problema que realmente necesita a una persona.

Ahí empieza la diferencia entre utilizar herramientas digitales y tener una operativa realmente digital.


¿Qué tareas administrativas se pueden automatizar?

Muchas más de las que normalmente parecen automatizables a primera vista.

La entrada de datos, generación de documentos, avisos, recordatorios, actualizaciones de estado, envío de información, preparación de informes, clasificación de solicitudes, aprobaciones sencillas, seguimiento de vencimientos, creación de registros o sincronización entre aplicaciones pueden automatizarse total o parcialmente cuando existen reglas claras.

Esto no significa que todas deban automatizarse.

Una tarea que ocurre dos veces al año y tarda cinco minutos probablemente no merece ningún desarrollo. Una tarea imperfecta que todavía nadie entiende tampoco debería automatizarse simplemente porque resulte molesta.

La cuestión no es qué podemos automatizar.

La cuestión es qué merece la pena automatizar.


La mejor automatización puede ser una tarea que deja de existir.

Antes de automatizar un proceso quiero entender por qué existe.

Porque hay algo peor que hacer manualmente una tarea innecesaria: automatizarla para poder hacerla innecesariamente miles de veces más rápido.

Si una persona prepara un informe que nadie utiliza, no necesitamos generarlo automáticamente. Necesitamos dejar de generarlo.

Si se introduce el mismo dato en dos lugares porque hemos duplicado una parte del proceso, quizá no necesitemos automatizar la segunda introducción. Quizá debamos eliminarla.

Si existen tres aprobaciones porque históricamente siempre se hicieron así, primero debemos averiguar si las tres continúan teniendo sentido.

Por eso automatizar no empieza escogiendo una herramienta.

Empieza entendiendo el proceso.


Una automatización no debería esconder un mal proceso.

Es tentador mirar una secuencia lenta y pensar que la solución consiste en poner tecnología encima.

Pero la tecnología también puede convertir un mal diseño en un mal diseño mucho más rápido.

Antes de automatizar tareas administrativas necesito entender qué inicia el proceso, qué información necesita, qué decisiones contiene, qué excepciones existen, qué resultado debe producir y qué personas deberían intervenir realmente.

Entonces podemos separar dos cosas que suelen estar mezcladas: el trabajo que necesita criterio y el trabajo que únicamente necesita ejecución.

El segundo es el candidato natural para desaparecer de la agenda de una persona.


Las personas no deberían trabajar como recordatorios del sistema.

“Avísame cuando llegue.”

“Recuérdame que lo haga.”

“Comprueba mañana si ha contestado.”

“Cuando esté aprobado, pásaselo a Administración.”

Todas esas instrucciones pueden ser perfectamente razonables entre personas.

El problema aparece cuando se convierten en el mecanismo permanente que hace funcionar un proceso digital.

Si el sistema ya sabe que una factura ha vencido, no debería depender de que alguien lo recuerde. Si sabe que un pedido ha cambiado de estado, puede avisar a quien corresponda. Si un documento ya ha sido aprobado, el siguiente paso puede comenzar sin que una persona tenga que comunicarlo manualmente.

Si un proceso digital siempre sigue las mismas reglas, no debería depender de que alguien recuerde hacerlo.


Automatizar también significa reducir errores.

Cuando una persona repite cien veces una tarea sencilla, el problema no es que pueda equivocarse.

Lo extraordinario sería que nunca se equivocara.

Un número se copia mal, una fila se desplaza, un correo no se envía, alguien olvida actualizar un estado o una tarea urgente interrumpe otra que después nadie recuerda retomar.

No son fallos de las personas. Son procesos que dependen innecesariamente de la atención humana para ejecutar acciones previsibles.

La automatización permite que las reglas se apliquen siempre de la misma manera y reservar la atención de las personas precisamente para los casos en los que la regla no basta. La reducción de errores manuales y la aplicación consistente de reglas empresariales están entre los beneficios básicos que Microsoft identifica al diseñar procesos automatizados.


La inteligencia artificial amplía mucho lo que podemos automatizar.

Durante años, automatizar significaba sobre todo trabajar con reglas muy rígidas: si ocurre A, haz B.

Eso sigue siendo extraordinariamente útil y, en muchos casos, continúa siendo la mejor solución.

Pero la inteligencia artificial permite trabajar también con información que antes requería interpretación: leer un correo, entender un documento, clasificar una petición, extraer determinados datos, resumir información o preparar una respuesta para que una persona la revise.

Eso abre una frontera nueva.

Procesos que antes no podían automatizarse porque la información no llegaba perfectamente estructurada ahora pueden tener una primera capa de interpretación automática.

Pero la regla sigue siendo la misma: no utilizo IA porque podamos utilizar IA.

La utilizo cuando permite que el proceso funcione mejor.


No necesitas veinte automatizaciones independientes.

Este es otro riesgo.

Empiezas automatizando una tarea con una herramienta. Después otra con otra plataforma. Añades un flujo, un bot, una integración y una automatización puntual que alguien creó porque solucionaba un problema concreto.

Individualmente todas funcionan.

Pero nadie ha diseñado el conjunto.

Entonces aparece una nueva forma de fragmentación: decenas de automatizaciones conectando aplicaciones que tampoco fueron diseñadas como un sistema.

Por eso mi objetivo no es automatizar el máximo número posible de tareas.

Es diseñar una operativa en la que cada proceso tenga sentido de principio a fin.

A veces necesitaremos una automatización sencilla. Otras una integración. Otras será mejor incorporar esa lógica directamente al software de la empresa.

La herramienta viene después del patrón.


¿Por dónde empezaría a automatizar una empresa?

No por la tecnología.

Empezaría observando dónde se repite el trabajo.

Buscaría tareas frecuentes, previsibles y con poco valor de criterio humano; procesos donde una persona introduce datos que ya existen, prepara siempre el mismo documento, comprueba repetidamente la misma condición o traslada información entre herramientas.

Después mediría qué ocurre alrededor de esa tarea, porque diez minutos pueden parecer irrelevantes hasta descubrir que se repiten cuarenta veces cada semana.

También miraría las excepciones. Si una tarea parece idéntica pero en realidad cada caso exige una decisión diferente, automatizarla puede resultar mucho más complejo de lo que parecía.

No quiero automatizar por automatizar.

Quiero encontrar el trabajo que una persona está haciendo porque el sistema todavía no sabe hacerlo solo.

No quiero que tu equipo trabaje más rápido. Quiero que tenga menos trabajo absurdo que hacer.

La eficiencia no consiste en conseguir que una persona copie datos en tres minutos en lugar de cinco.

Consiste en conseguir que no tenga que copiarlos.

No consiste en preparar el informe más deprisa, sino en que el informe pueda estar preparado cuando alguien lo necesite. No consiste en recordar mejor las tareas pendientes, sino en que el sistema sepa qué está pendiente y haga avanzar el proceso hasta que realmente necesite una decisión.

Cuando automatizamos bien, la empresa no pierde personas.

Recupera su tiempo.

Y ese tiempo puede volver a donde siempre debió estar: clientes, decisiones, problemas, oportunidades y trabajo que realmente necesita a alguien pensando detrás.

¿Qué tarea hace hoy tu equipo exactamente igual una y otra vez?

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